martes, 17 de mayo de 2011

El cantante callejero--dos realidades (corregido)

"Or sai chi l'onore…” Beatriz está en el escenario. Canta el aria de Donna Anna como si fuera sus propias palabras, con una pasión incomparable. Todos los espectadores la siguen encantados por el foco que la aisla en una luz crepuscular.

Una llamada a la puerta interrumpe la canción y de repente Beatriz está en su casa, sola. La música de la orquesta ha parado en su mente y el foco ya no tiene su ojo cenital sobre ella. Se va para contestar.

“Enrico, ¿che voi?"

“Mamá, tranquilízate. Soy yo.” Carlos entra en casa con una bolsa de comida. “¿Has comido hoy?” La cocina limpia y sin ningún olor le responde como silencio de su madre. “No te preocupes, voy a prepararte algo.” Empieza a cocinar. Beatriz se sienta en una silla al lado de la ventana. Su cara no tiene el mismo color, la misma belleza que antes, mientras cantaba. Su gesto es de tristeza y cansancio. “Mamá, tienes la comida preparada. Come. Tengo que ir al trabajo, pero volveré después para verte, ¿vale?” Da un beso a su madre y sale por la puerta.

De pronto, oye una canción desde la calle. “Il mio tesoro intanto…” La cara de Beatriz se ilumina inmediatamente cuando oye las letras. “¡Enrico!” Otra vez está en el escenario, maravillada al lado del hombre que le canta tan dulcemente. Un grito afuera interrumpe la canción, y Beatriz escribe una nota furiosamente. Cuando termina, la tira hacia la calle y el cantante misterioso.

Abajo, Luis detiene su canción para leer la nota que ha caído desde el segundo piso. “Il mio amore, mio Enrico, vieni qui.” Mira hacia la ventana de donde partió la nota. Percibe el olor a ajo que salta desde la ventana de Beatriz y decide que va a subir al el piso. No está en posición de rechazar una comida gratis.

Cuando llega, Beatriz se ha maquillado y otra vez su gesto es de felicidad. “¡Enrico, sabía que vendrías a mí otra vez!” Lo abraza y lo atrae hacia el interior. “Sé que hemos tenido diferencias, pero esto no debe eliminar el amor puro que nos tenemos. Y ahora, sé que lo reconoces también. Ven, ven, a comer.”

Beatriz cocina un plato para Luis y le habla mientras come. “O, Enrico, me decían que soy Elvira, pero siempre he sabido que soy Donna Anna. Y tú, tú eres mi Ottavio, ¿no?” Sonríe con cada cada parte de sí misma. Luis no responde; solo come. “Estoy tan emocionada por nuestro presentación. Todos van a admirarnos, ¿sabes? Pero ahora, Enrico, yo te deseo solo a ti.” Luis mira a Beatriz. “Imagino que sabías que he estado triste desde tu partida, pero no creo que entiendas la intensidad de mi emoción. Pensaba que nunca regresarías. Pero aquí te encuentro, y me siento la más feliz que he estado desde hace mucho tiempo, mio amore.” Mientras habla, Beatriz le quita la ropa a Luis. Él no protesta, pero no la ayuda tampoco. Poco después, están en la cama juntos. Beatriz sonríe y cierra los ojos, cantando la ópera otra vez. A través de la canción, los dos se hacen más jóvenes, dos estrellas del mundo de la ópera neoyorquina, dos enamorados en el mejor momento de sus vidas. La canción crece, y luego desciende dulcemente. Beatriz abre los ojos y mira a Luis a su lado. Sonríe otra vez, y se levanta para vestirse. Luis la sigue.

“Enrico, toma este dinero. Quiero que te compres un regalo, cualquier cosa. Es para mostrarte mi felicidad debido a tu regreso. Luego, puedes venir aquí y decirme lo que has comprado, ¿vale?” Beatriz se lo da y le besa y él sale del piso. “¡Ciao, il mio tesoro!”

Cierra la puerta y aparece en el escenario otra vez. Empieza a cantar con la misma pasión que antes. El aria de Donna Anna llega al balcón más lejano, a todas los oídos y corazones de los espectadores.

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