Lo que el destino le había negado a Luis en fortuna, lo compensaba con el regalo de una voz exquisita. El sonido de aquella voz, muy timbrada, resonaba por las calles estrechas de un pequeño barrio neoyorquino. Luis sabía que los callejones y patios le brindaban una acústica inmejorable para las canciones de ópera y los vecinos estaban de acuerdo. El dinero cayó del cielo como la lluvia… como una valiosa lluvia. Pero, después de solo unos minutos de cantar, Luis recibió algo más: una nota. Se agachó curioso para recogerla del suelo. La leyó varias veces. Estaba un poco confundido; era una nota de amor. ¡Qué extraño!, pensó Luis, y empezó a cantar otra vez con una voz más poderosa. A pesar de la locura de la nota, las palabras de amor le dieron confianza a Luis. Su canción no duró mucho tiempo porque una mujer le hizo señas desde un segundo piso, parecía invitándole a subir. Luis estaba cansado de tantas horas de cantar al sol y decidió entrar en el edificio y aceptar la invitación.
Mientras, Beatriz Rodríguez Cariño estaba arreglándose para un encuentro amoroso con el hombre de su vida. Después de maquillarse, Beatriz cogió un álbum de fotos del estante y lo abrió por la pagina de una foto de dos jóvenes enamorados sentados en una playa. No lo he visto en mucho tiempo, pensó Beatriz, pero estoy segura de reconocer la voz de mi amor.
Luis pidió permiso para entrar. “¡Un momento, Enrico!” respondió Beatriz.
¡Dichosos los ojos que vieron!, pensó Luis cuando vio a su magnífico recibimiento. La mujer llevaba un vestido entallado y pendientes clamorosos colgaban de sus orejas. Sus pechos regordetes llenaban el vestido y su estómago rechoncho realzó el brillo satinado del vestido.
“¡Hola, guapo!” Su voz grave y rasposa hacía juego con su forma corpulenta.
“¿Hola?” respondió Luis. “¿Me llamaste?”
Cogiéndole de la mano lo condujo a la cocina. “Sí, sí. ¡Ven, Enrico!”
A pesar de la locura de la situación y el nombre que le daba, Luis decidió seguir el juego. Nose sentía particularmente feliz con la mujer tan grande y vieja, pero si pudiera servirse de ella para obtener un plato de comida, lo haría.
“Come la fruta que quieras mientras que cocino tu plato favorito: Ternera con patatas,” ofreció Beatriz. “Todavía te gusta la ternera, ¿sí?”
“Ternera… sí,” gruñó Luis, tratando de parecer indiferente a la hospitalidad.
Después de unos minutos, Beatriz trajo la comida a la mesa. Él la devoró con rapidez. Ahora, tenía sed.
“¿Quizás, algo para beber?” sugirió Luis.
“¡Claro!” Beatriz corrió a la nevera y cogió una cerveza fría. Descorchó la botella y se la ofreció a Luis con una sonrisa.
¡Perfecto! Pensó Luis sorbiendo la cerveza. Un torrente de sabores llenó su boca. Cerró los ojos para saborear mejor la sensación. Sentía el cosquilleo de la espuma por todo su cuerpo hasta que oyó los gritos. Alguien estaba chillando su nombre. Y un bebé berreaba en otra sala. Abrió los ojos y vio una cocina completamente sucia. Los platos abarrotaban la mesa y el fregadero, el suelo parecía como un basural con envoltorios por todas partes, y el olor a huevos podridos flotaba en el aire. Luis pestañeó y se frotó los ojos.
¿Dónde estoy? Cerró sus ojos otra vez con esperanza de estar equivocado, pero nada cambió. Es más, oía los gritos de una mujer, “¡LUIS! LUIS! ¡LUIS!”
Luis divisó una cerveza sobre la mesa y tomó un trago. Ahhh. No hay nada como una buena cerveza.
Su voz grave sonó como música en sus oídos. Al abrirlos, sus ojos se toparon con los de la mujer, que le miraban fijamente.
“¿Estás bien, mi amor? Estás cansado. Tengo algo para despertarte.”
Luis examinó el apartamento. No había gritos, ni basura, ni bebés. ¡Qué alivio! Se levantó y siguió su anfitriona.
Beatriz lo cogió por la mano y lo llevó a un sofá. Ojalá que los dos podemos caber… no soy tan pequeña como era antes.
“Espero que estés cómodo aquí, mi amor. Te he esperado mucho tiempo. ¿Dónde estabas? No. Espera. No contestes. Me gusta el misterio. El amor es mucho mejor con misterio.”
Luis entendió las intenciones de la mujer. Si negara el sexo sería grosero… Supongo que debo hacer el sexo. No pudo detener la risita que se le escapó.
Beatriz vio cómo su cuerpo rechoncho se ocultaba bajo prendas de moda trasnochada y empezó a quitarle la ropa mientras Luis cerraba los ojos para tranquilizarse. Sus manos acariciaban el cabello de su amante. Al principio el masaje era perfecto, pero luego se volvió violento. Luis abrió los ojos para para pedirle que lo hiciera más suave, pero en vez de la mujer, un bebé le tiraba del pelo. Bruscamente, los gritos empezaron otra vez. “¡LUIS!”
Luis dobló la cabeza para ver una mujer… con bebé que le agarraba mechones del pelo como para arrancárselo.
“Si continúas así llamaré a la policía. ¡Siempre estás borracho!” Le amenazó, descargando una bofetada sobre su rostro desprevenido.
No. ¡No! Ésto no es real. Luis, corrió al fregadero y salpicó agua en por su cara. Cerró los ojos e imaginando el otro mundo, con una mujer cariñosa, una cena y sexo.
“¡Jajaja! No puedes imaginar afuera de esta vida, Luis. Ésta es la vida real.”
El bebé empezó a llorar. La mujer cogió una botella de leche de la nevera y la puso en el microonda y empujó los botones. El aparato empezó a ronronear. El alarma del microonda sonó y la mujer le dio la botella al bebé.
"Mira. Esté es tu bebé. ¿Por qué no lo quieres? ¿¡POR QUÉ!? Nunca te entiendo. Siempre quieres vivir en otro mundo cuando tienes una vida real aquí... AQUÍ. ¿Entiendes?"
Ella miró a Luis con ojos fijados.
"No entiendo," contestó Luis. "No tengo bebé... nunca. Nunca jamás. No sé por qué estoy aquí y no quiero cuidarte ni el bebé. Tengo una vida... mi propio vida y ¡ésta no es!"
La mujer empezó a llorar que causó el bebé a hacer lo mismo.
"¿Crees que éso es lo que quería, Luis? ¿Lo crees?" Sus gritos casi ahogaron las lloras del bebé. "¡Nunca! Nunca pensé que iba a vivir como así... pero ¡¡¡ya estamos aquí!!! No puedes continuar a pretender que su vida no es real, Luis. ¡No puedes! Sí crees que siempre puedes dejarme con todas las responsabilidades, eres tonto. No soy tonta... ¡NO SOY TONTA, LUIS!" Ella lloraba con más poder.
Luis no pudo aguantar. Tomó otro trago de cerveza con la esperanza que podía regresar al otro mundo, pero no funcionó. Volvió a refrescarse el rostro con el agua que brotaba transparente del grifo.
“¿Te gusta, Enrico? Éste es un tipo especial de aceite para los masajes.”
Luis abrió sus ojos y vio a Beatriz masajeando su cuello y sus hombros. Beatriz derramó más aceite por el cuello de Luis. El masaje no duró mucho más, porque los cuerpos acabaron uniéndose.
“¡Qué bueno eres, Enrico! Mucho mejor de lo que recuerdo.”
Luis abrió los ojos para observó cómo se vestía.
“Lo siento mucho, Enrico, debes irte. Tengo trabajo. Pero, puedes regresar esta noche, ¿sí?”
Luis se levantó y se vistió. Beatriz le arregló la corbata y le dio dinero.
“Me siento mal porque ayer e vi en la calle. Cómprate lo que necesites y regresa esta noche. ¿Vale?”
Luis cogió el dinero con rapidez y salió por la puerta.
“Gracias,” farfulló Luis y bajó por las escaleras.
“Adiós, guapo,” Beatriz lo despidió desde la ventana mientras Luis cruzaba el patio.
¡¿Cien dólares?! ¡Qué suerte¡
Luis recontaba el dinero para asegurarse de que no soñaba.
Luis encontró una tienda de licores, compró una caja de 24 cervezas y pagó con un poco del dinero de la señora.
Se fue a un banco parque. Cogió una botella y la abrió. Con el primer sorbo, cerró los ojos y empezó a oír los gritos de un bebé. Con el segundo sorbo, los sollozos de su mujer. Y con el cuarto sorbo, supo que había retornado a su propio mundo. Un mundo que no quería... Continuó a beber. y beber. y beber.
Por fin, pudo oír apenas los alaridos de una mujer, "¡Ahhhhh! ¡Alguien! ¡ Ayúdame! ¡Hay un hombre muriendo aquí! ¡Ayúdame!" y el gemir de las sirenas en la distancia.