martes, 24 de mayo de 2011

El Cantante Callejero--Versión Final

"Or sai chi l'onore…” Beatriz está en el escenario. Canta el aria de Donna Anna como si fuera sus propias palabras, con una pasión incomparable. Todos los espectadores la siguen encantados por el foco que la aisla en una luz crepuscular. La música crece, y al mismo tiempo parece que la belleza de Beatriz aumenta con cada nota que sale de su boca. Las líneas entre el personaje y la actriz desaparecen, y toda la representación siente real para todos. Al final del aria, los aplausos rujen su aprobación y Beatriz huye a su vestuario, sonriendo.

Los otros actores dan sus felicidades a la estrella mientras camina detrás del escenario. Va a su cuarto y se sienta enfrente del espejo. Mira a sí mismo, su cara joven y guapa, sus ojos brillantes, su potencia. Se siente llena de esperanza y orgullo. Se pone un poco más de maquillaje para prepararse, y oye una llamada a la puerta.

“Enrico, ¿che voi?”

“Mamá, tranquilízate. Soy yo.” Carlos aparece en la puerta abierta. Entra en el piso, simple y humilde, con una bolsa de comida. El rostro de Beatriz se reduce. “¿Has comido hoy?” La cocina limpia y sin ningún olor le responde como el silencio de su madre. “No te preocupes, voy a prepararte algo.” Empieza a cocinar. Beatriz se sienta en una silla al lado de la ventana. Su gesto no tiene el mismo color, la misma belleza ni juventud que antes, mientras cantaba. Ahora parece de tristeza y cansancio. “Mamá, tienes la comida preparada. Come. Tengo que ir al trabajo, pero volveré después para verte, ¿vale?” Da un beso a su madre y sale por la puerta.

Después de que sale Carlos, una canción llega a la ventana de su piso desde la calle. “Il mio tesoro intanto…" Beatriz está al lado de Enrico, el hombre que le canta tan dulcemente. Se miran y es evidente que su actuación es más real que fingida. Son los mejores del mundo operístico neoyorquino y disfrutan la admiración de todo el público y de ellos mismos. Después de que la canción termina, Beatriz sale al vestuario de Enrico para dejar una nota en su mesa. Se ríe un poco y va a su propio cuarto.

En la calle, Luis ha detenido su canción para leer una nota que ha caído desde el segundo piso. “Il mio amore, mio Enrico, vieni qui.” Mira hacia la ventana de donde partió la nota. Percibe el olor a ajo que salta desde la ventana de Beatriz y decide que va a subir al el piso. No está en posición de rechazar una comida gratis.

Cuando llega, Beatriz se ha maquillado y otra vez su gesto es de felicidad. “¡Ah, Enrico, aquí estás!” Lo abraza y lo atrae hacia el interior. “Miraste mi nota, ¿no? He esperado para ti. Ven, ven; primero, a comer.”

Beatriz cocina un plato para Luis y le habla mientras come. “Enrico, ¡que maravilla somos nosotros! Nuestra presentación fue la mejor que hemos puesto." Ella sonríe con cada cada parte de sí misma. Luis no responde; solo come. “Estoy tan emocionada por la próxima. Todos van a admirarnos, ¿sabes? Pero ahora, Enrico, yo te deseo solo a ti.” Luis mira a Beatriz. "Solo podía pensar en ti durante la ópera, mio amore." Mientras habla, Beatriz le quita la ropa a Luis. Él no protesta, pero no la ayuda tampoco. Poco después, están en la cama juntos. Beatriz sonríe y cierra los ojos, cantando la ópera otra vez. Está con Enrico, los dos jóvenes, dos estrellas del mundo de la ópera neoyorquina, dos enamorados en el mejor momento de sus vidas. La canción crece hasta la culminación, y luego desciende dulcemente. Beatriz abre los ojos y mira a Luis a su lado. Sonríe otra vez, y se levanta para vestirse. Luis la sigue.

“Enrico, debemos celebrar nuestro éxito. Toma este dinero y nos compra una botella de champaña. Después, ven aquí, a mi vestuario y podemos disfrutar toda la noche.” Beatriz se lo da y le besa, abriendo la puerta. “¡Ciao, il mio tesoro!”

Cierra la puerta y empieza a cantar en el centro de su vestuario, en su disfraz de Donna Anna. El aria sale del cuarto pequeño al escenario, al aire, a todas los oídos y corazones de los espectadores, creciendo hasta que llega al cielo.

Cantante Callejero Final con correcciones

¡O celeste Beatrice! L’ebbi… ah! Si fidar mi voglio Nel mio icore appieno leggeste. Arno, è vero, e in questo amore È riposto il ciel per me.” Luigi canta a las paredes y a los tendederos. Un olor a comida sale de ventanas abiertas algunos pisos más arriba. Una mujer se disimula tras una de ellas y asoma un brazo. Deja caer una nota que flota ante Luigi, acompañando el olor a ajo en la brisa.

El ajo en el aliento del médico le da asco a Luigi pero la inhabilidad de expresarlo es lo que se hace sentir repulsado. La única cosa que puedo hacer es lamentar en lo que he hecho, mientras que este médico intenta a salvarme la vida. ¡Qué pena! Tengo una probabilidad de sobrevivir, y cuando Beatriz se ha ido para siempre. Tal vez no voy a sobrevivir a este dolor, piensa, a partir del médico se mueva su brazo en la moción de golpear una puerta.

El cantante golpea tres veces y una voz de a dentro responde, ¡un momentito!. La puerta abre a una mujer bastante grande, llevando un vestido bastante pequeño. Se introdujo la mujer, su voz ronca y cansada competiendo con el ruido de la radio en el fondo, fijado a un canal de ópera.

Me choca la música, piensa Luigi justo después de que la enfermera encendiera la radio y pusiera un canal de ópera. Ha causado demasiado dolor en mi vida. Recordando en el accidente, revive el sonido de los gritos, el olor de whisky en que se sumió. No puedo creer que Beatriz viniera para verme cantar, y eché a perder todo lo que le quería. Todo es mi culpa. Ella murió y yo estoy vivo- ¿por qué? Luigi hace falta de darse cuenta de que no era la culpa de la música, sino de la bebida. Niega la idea de que su debilidad causó la muerte de su amor; rechaza el pensamiento de que su fracaso fue la causa de la muerte de su alma. Interrumpiendo sus reflexiones, la enfermera empieza a cantar con la radio, una canción muy familiar.

Canta Beatrice con la canción familiar del fondo, preparando la comida mientras el cantante callejero mira la comida con el deseo intenso provocado por el hambre. <<¿ Cuánto tiempo hace que no has probado bocado?>> Luigi ignora la pregunta y pide una fruta. El fuego en el estómago vacío de Luigi y la promesa de comer hicieron casi imposible mantener una conversación; la única cosa en que podría concentrarse era la comida.

Luigi se despertó con la sensación de fuego en su estómago vacío y se preguntó cuándo vendría la enfermera con su comida. No puedo soportar la incapacidad para expresar mis deseos. Pasados unos segundos el sentimiento de culpabilidad se chocó con los pensamientos de Luigi. No lo puedo creer—Beatrice está muerta y yo estoy quejándome de que tengo hambre y no lo puedo decir a nadie. Y en este instante, viene la enfermera con su comida.

Beatrice se sienta al lado de Luigi para acompañar a Luigi mientras come. El hambre de Luigi domina sus acciones hasta que terminó su comida. A las preguntas de Beatrice faltan respuestas de Luigi y por fin ella exclama <<¡¡¿¿Te he dado de comer y no tienes bastante respeto para hablar conmigo??!! La exclamación de una enfermera informó al médico que Luigi no responde a la enfermeras para nada, nunca muestra que está comprendiendo lo que está pasando. Luigi escuchaba a la conversación sin reaccionar, aunque su único deseo era pedirle la muerte asistida. No merezco el derecho de vivir… no quiero vivir en un mundo en que ella no exista… <<¿Existo yo?>> preguntó Beatrice. ¿Cómo debo responder? Ella necesita demasiada atención, pensó Luigi a si mismo. Tal vez si durmiera con ella, no hablaría. Vamos a ver. Y con esta consideración, Beatrice condujo a Luigi a la sofá, con intenciones obvias. No resistió Luigi, sino que se dejó llevar sin sentimiento alguno. <<¿necesitas algo más?>> preguntó ella en la oreja de Luigi, intentando sonar tal sexi como pudo, y continuó con la seducción.

<> susurró la enfermera en la oreja de Luigi. Ojala que no, pensó él, no puedo vivir sin ella. De repente, un equipo de médicos acompañando un bebé y su madre pasaron por la habitación de Luigi, el bebé llorando sin parar. Me pregunto qué pasó con ellos.

El llanto de su bebé interrumpió los pensamientos de Luigi y derramó el whisky en la mesa, causando él enfadarse. <<¿¡Por qué no puedes controlarlo?!>> Y eso dicho, agarró el bebé de ella y lo tiró en su cama. Lo que quiero más que todo es que ella muera y yo pueda vivir sin ninguna responsabilidad. ¿Por qué no puedo estar solo?

domingo, 22 de mayo de 2011

correcciones de cantante callejero- luigi y enrico (olvide de hacerlo como entrada nueva!)



Por fin salió el sol. Los charcos desaparecieron y el cielo cambió de gris a un azul fuerte como el mar. Había comenzado la primavera. Luigi no tenía ya que escapar de la lluvia. Por fin, podía regresar a su calle favorita en la ciudad de Nueva York.

Empezó a cantar...
“O soave fanciulla, o dolce viso 
di mite circonfuso alba lunar 
in te, vivo ravviso il sogno 
ch'io vorrei sempre sognar!
Su pasión por la música regresó de pronto. No había nadie, pero no importaba. Estaba solo con su voz, contento en su escenario.

Algo interrumpió su recital. Un papel doblado, cayendo desde el cielo, acababa de posarse en su sombrero. Parecía como una carta para él…Pero, ¿de quién?
Hacía diez minutos que Beatriz le escuchaba. Una sonrisa se había dibujado en sus labios. Era el aria preferida de Enrico, la que siempre entonaba para expresarle su desbordada pasión. Él también tenía una voz suave y dulce. Tal vez es Enrico, mi amor, que ha regresado.

No pudo resistirse a la tentación. Beatriz decidió enviar una nota al cantante, a su Enrico. Le invitaba a subir para compartir su cena. Después de enviar la carta, se acicaló para su amante.

Luigi abrió la carta. leyó:
Amore con la voz de un ángel, sube a compartir mi mesa y la infinita melodía de nuestro canto.
Te espero. 
Bea

Confundido, miró a todas partes por dar con la autora. Vio a una mujer disimulándose tras una ventana del segundo piso, que le sonreía. Con un gesto de resignación y un gruñido en el estómago,  obedeció sus señas.

Bea saludó Luigi con un gran abrazo y besos. Su Enrico había regresado después de meses sin verle. Luigi estaba confundido. No conocía a la mujer que le daba tanto este amor.

Luigi caminó por el piso y todo le pareció un poco familiar. Pero no sabía cómo. La  pintura de Pavarotti, el frutero grandísimo, las escarlata cortinas terciopelos. No entendía porque los recordaba.

“Ven aquí guapo, come algo. Pareces cansado y no puedes caminar. Estás tropezando. ¿Cuánto tiempo llevas sin comer? ¿Dónde estabas Enrico? No te he visto ni he oído nada de ti en años, de repente saliste de mi vida. ¿Qué pasó? Estaba muy preocupada por ti.”

Luigi no respondió. No recordaba quién era aquella mujer, ni entendía quién era Enrico. Solo quiso algo de comer para recuperar su estado de mente. Comió rápidamente. Era delicioso.

Sin nada de conversación, Bea se dio cuenta de que tenía que esforzarse más para llamar la atención de su amante. Puso el disco de su opera favorita, el mismo álbum que él estaba cantando en la calle. Atenuó las luces y empezó a bailar y cantar. Luigi sonreía un poco, con sus ojos enfocando en el suelo. Bea siguió con su objetivo de animarle. Lo sacó y empezó a bailar. Su sonrisa creció y después de una canción más, estaban bailando y cantando juntos.

Luigi se preguntaba cómo sabía ella que era su ópera favorita. ¿Por qué tengo esa sensación tan íntima con alguien que no conozco, que no recuerdo para nada? Es como que somos amigos de Es como si hubiéramos sido amigos en una vida pasada.

Bea sonreía. Pensaba que su amante había regresado, y por fin le recordaba. Era exactamente igual que antes.

Subieron al cuarto de Bea y tuvieron sexo apasionado. Todo el tiempo, a Luigi le venían imágenes de una cara de una mujer, parecido a Bea, pero más joven. Siguió sin decir nada. Echó las culpas al alcohol, su veneno. Estaba imaginando cosas como siempre. Borrachón.

Inmediatamente después, Luigi se sintió feliz, más feliz que se sentía en meses más feliz que meses atrás. Su mente y su alma habían regresado. Pero, miró su reloj y se dio cuenta de que tenía que irse de prisa. Su esposa estaba esperándole. Tenía que regresar a la realidad. Con un beso de Bea, se fue, cantando.

Luigi regresó a casa, e inmediatamente, su sonrisa desapareció. Su bebé estaba llorando, y su esposa tenía miles de preguntas sobre su día. No pudo soportarlo más. Decidio irse.  Huyo de la mierda de su vida, con una botella de Jameson en la mano y la ópera en la mente. Enrico había regresado.

Cantante Callejero - correcciones

Il dolce suono mi colpi di sua voce! Ah, quella voce m'e qui nel cor discesa!” La melodía flotaba de su despertador y alcance las ultimas minutos de su sueño. Sin abrir los ojos desconectar el despertador para seguir soñando. Beatriz estaba detrás del telón en el conocido Teatro Alla Scala en Milán entonando las primeras estrofas de su aria italiana. “Il dolce suono mi colpi di sua voce!” Su voz estaba en óptimas condiciones. No era la primera vez que cantara con los tenores más conocidos en Italia. La musica era su pasión, su amor y su vida. Era como cualquier otra representación sin Enrico. Pero ya nada era igual. Desde que se fue, dejó de sentir aquella música, por más veces que subiera a los escenarios para interpretarla. Había perdido algo en su corazón y en su maravillosa voz. Pero todavía cantaba como si él estuviera mirando. La luz se apagó y se hizo el silencio. Pasaron tres segundos; su corazón latía rápidamente. De repente las cortinas del telón se abrieron y brilló la luz. La música empezó y su voz seguía. “Mi serpeggia nel sen!...trema ogni fibra!...Vacilla il pie!...Presso la fonte meco T'assidi alquantoooo!” Con la última nota estallaron los aplausos. No dejó de sonreír. Además creía oír algo familiar en la distancia. Reconocía la voz de Enrico en cualquier lugar. Desde lo alto del teatro estaba cantando armoniosamente. “Ah, quella voce m'e qui nel cor discesa!” Enrico fue el único tenor con quien podía cantar sin límites. Ella recordó lo que le había dicho quince años atrás, “Si el destino nos reuna un día, será en un momento como este. Sería un momento hermoso, sólo oirás mi voz cantando. Sin vernos, sabrás. Pero recuerdas que siempre estoy contigo, no puedes olvidarme.” Ella no podía perder esta oportunidad. Corrió rápido a su vestuario en medio del aplauso. Escribió una nota a él la que no escondió sus deseos. Regresó al escenario justo en tiempo para el segundo aplauso y la tiró al auditorio invitando así al destino. Beatriz corrió a su cuarto y se puso más maquillaje y se vistió con las ropas que Enrico recordaría.

Fue muy temprano en la mañana con sólo un puntero de luz cuando Luis oyó música italiana desde una ventana de un apartamento en el centro de la ciudad de Nueva York. No podía caminar en línea recta ni parar de repetir las palabras. Iba dando tumbos por la calle. “Ah, quella voce m'e qui nel cor discesa!” Casi tropezó de una nota en el suelo y la leyó con curiosidad. Las palabras seductoras le llamaron la atención y decidió seguir sus instrucciones que la carta indique.

Llamaron a la puerta.

¡Enrico voy hacía ti! Entonó las primeras notas de su célebre aria.

Abrió la puerta y fue profundamente emocionada por el encuentro después spués de tantos años. “Enrico tiene lo mismo apariencia que el día que me dejaste! Le besó haciendo caso omiso del nombre que su visita había pronunciado. Rápidamente le ofreció comida y empezó a hablar sobre su carrera durante los años en que estado aquellos años de separación. “Cada teatro busqué para ti en la audiencia, escuché para su voz maravillosa y esperé para el momento que reuniéramos.” Aunque él trataba de escucharla sólo podía pensar en las palabras en la carta y qué pasaría después de acabar de comer. Quería beber más. Cuando hubo terminado, dio la vuelta para mirarla. Aunque no entendía nada de lo que Beatriz le decía sobre otros tiempos pasados y algo vago sobre el destino, no quiso cambiar el rumbo y la seguía a cama. Pasaron un rato teniendo relaciones sexuales cuáles, para él, fueron como con cualquier otra mujer. Beatriz no quería separar de él otra vez pero sabía que este tiempo fue diferente. Le miró cuando salió del portal y cruzó el patio.

Las palabras italianas repitieron, más fuerte esta vez. “Il dolce suono mi colpi di sua voce! Ah, quella voce m'e qui nel cor discesa!” Se levantó y corrió al teléfono para llamar a su agente para que le llevara más champán al camerino pero la persona que contestó le dijo que no le entendió, no había una representación en casi ocho años y que su agente había muerto. Colgó el teléfono muy confundida y triste y regresó a cama.

El calor de la luz se puso en un estado de mente muy relajado. Cerró los ojos y podía oler la fragancia de Enrico en su cuerpo y podía sentir las impresiones de su cuerpo en sus sabanas. Las palabras de la canción todavía estaban claras. Pero no sabía dónde estaba ahora…no había regresado y pensaba que hacía dos horas que había salido. Rompió a llorar pero cuando se vio reflejada en el espejo todo cambió. Pudo ver a la mujer que estaba en el escenario recogía las aclamaciones del público.

Luis corrió a la tienda de licores con el dinero de Beatriz en la mano. Compró algunas botellas de vino y regresó a su casa justo cuando el sol se elevaba. Se despertó del ruido de un bebé llorando. Su mujer estaba enfrente de él gritando que no había comida otra vez. “¡Estás borracho otra vez, Luis! ¡Por los dios ayúdame!” Luis trató de ver con claridad pero no podía. Agarró al bebé y le tiró al suelo y había silencio.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Corriente de consciencia de Gal

Nesss Ness todo está aquí todo que no me gusta y todo que me choca y algunas cosas que me gustan como Teresa porque puedo comunicar con ella a veces y de verdad ella responde y me alegre pero es muy difícil cuando no puedo mantenerla me duele mucho porque la única cosa que quiero es que ella esté aquí conmigo pero nunca voy a tenerla nunca nunca sí yo puedo tenerla pero sin una realidad verdad sin verdad pero las personas la gente que están aquí no les importan las cosas importantes y no pueden reconocerlas y no puedo reconocerles porque no son importantes puedo oírlas pero ellos no me oyen y estoy gritando y gritando y gritando y no me oyen pero puedes oírles no sí yo puedo por favor dime que puedes oírles porque yo puedo están gritando y ahora puedo verlas dime que puedes verlas míralas míralas estoy mirándolas y ellos están mirándome estás mirando estás mirando ness

martes, 17 de mayo de 2011

Cantante Callejero - correcciones

Luis camina hacia el callejón de San Sebastián. Se para precisamente en el centro de ello. Se quita el sombrero y lo deja en el suelo, unos metros frente a él. Adopta, como siempre, la misma postura. Toma aire profundamente, extiende los brazos, y empieza a cantar un aria. Que gelida manina, el mismo aria a la misma hora siempre. Luis quiere que todos los vecinos le reconozcan por ello. Pero, los únicos transeúntes son los papeles de la basura que se mueven debido al fuerte viento. El sombrero se permanece vacío pero Luis insiste en cantar con mayor pasión para provocar a los vecinos. Verdaderamente, tiene una voz preciosa. Toma de nuevo aire, llenando los pulmones como el agua del grifo llena un vaso. Tan pronto como llega al punto culminante del aria, unas monedas caen del cielo y ruedan hacia el sombrero. Luis levanta la mirada y otras monedas se estrellan contra el suelo de la Calle San Sebastián. Satisfecho ya con sus ganancias, se vuelve hacia el piso de donde vinieron las primeras monedas y entona el nessum dorma. Pero solo puede cantar dos o tres compases porque una mujer desde el segundo piso le tira algo diferente. Una pequeña hoja de papel surca el aire. Cada segundo, la hoja cambia de dirección debido al viento. Aunque la hoja parece un pájaro de alas muertas, se posa en el sombrero. Semejante precisión le fascina y se acerca lentamente. Se arrodilla y recoge la nota. La lee, cada palabra más lentamente que la anterior. "¡Enrico, que sorpresa! Me has encontrado aquí en Nueva York. ¡Sube presto, ahora me toca a mí darte una sorpresa! El código de la puerta es 1929. Un beso, Beatrix". Al terminar de leer la nota, distingue a una mujer que le sonríe desde la ventana. Con gestos seductores le repite su invitación. Beatrix mira a Enrico intensamente, esperando su decisión. Beatrix cierra los ojos, en la esperanza de que Enrico decida subir. Los abre. Luis, completamente confundido, se encoge de hombros y camina hacia el portal para marcar los números del código. A la vez, Beatrix llena de alegría, cierre los ojos y se abandona en el apoyo de la pared mientras recordando viejas escenas de amor. Se recupera y corre a la habitación para acicalarse. Su estomago se agita a cada paso que da por la habitación. Nunca había sido gorda antes de venir a los Estados Unidos. Lo triste es que no se ve en su actual figura y aún viste la misma ropa de antaño. Se maquilla y cepilla su cabello. Para completar su imagen, se viste la falda que llevó en la primera representación junto a Enrico. No podrá resistírseme cuando me vea. Como todo la ropa de su armario, la falda no le favorece como cinco años atrás, pero no tiene tiempo de reparar en detalles nimios. Dos golpes fuertes en la puerta le sobresaltan. "Un momentito". Se pone los tacones y enciende el radio para finalizar el ámbito romántico. Dos golpes más y por fin Beatrix corre rápidamente a la puerta. Toma aliento y posa la mano en el pomo lentamente para sentir la emoción del momento.

"¡Hola! ¡Me siento halagada de que me busques, a pesar de que te dejé hace tres años! ¡Bienvenido a América, entra en mi piso por favor!" Enrico le contesta con sonidos breves y inaudibles. "Qué callado te has vuelto, Enrico. Espero que no hayas perdido tu habilidad en la cama." Él coge una manzana del cuenco de fruta sobre la mesa. La inspecciona con precisión. "Esto es un talento que nunca me dejará." "¡Ay, es que tienes hambre! Bueno, te pongo una merienda y una bebida, vale?" Ella le trae la bandeja con unos pasteles y una taza de café caliente. "Prueba esta copa, Enrico. Lleva café, azúcar, leche, y algunas ingredientes especiales. Empiezo el día con esta bebida cada mañana, y siempre me ayuda relajar." Enrico se queda totalmente callado, pero su silencio es sustituido por la música del fondo, como si fuera su voz en la conversación.

Mientras comen juntos, Beatrix habla de sus éxitos operísticos en América. "La verdad, Enrico, es que vivo la realidad que todos en Europa sueñan. De hecho, lo que canté anoche fue una maravilla verdadera." "Cuéntame", dice Enrico, con una cierta actitud de desinterés. En este momento, el disco de la ópera italiana se termina y el silencio llena la sala. Beatrix cierra los ojos para imaginar su última actuación, pero no la recuerda. ¿Cómo era? Ay, fue anoche pero… ¿cómo era la muchedumbre? ¿Qué canté? Se siente frustrada pero no quiere que Enrico se dé cuenta de su incapacidad para recordar. No importa. Beatrix ha culminado tantas representaciones que ahora no es posible recordar todas. Así se dice a sí misma para darse ánimos. Luis apura su copa mientras Beatrix evita la conversación diciendo que deben cantar juntos, como en los días del pasado. Lo arrastra hacia la habitación y exige que se siente en el sofá. Luis no sabe como reaccionar. Normalmente evitaría esta locura, pero su cuerpo se queda inmóvil como si la copa hubiera absorbido la fuerza de sus músculos. Beatrix pone la ópera italiana otra vez y se pierde en la música con los párpados cerrados. Beatrix se acerca a Enrico, y empieza a acariciarlo. Desabrocha la camisa, acercándose a los pantalones. Se le quita la ropa de Enrico con gestos sexuales y luego se desnuda también. Beatrix cierra los ojos de nuevo, pronunciando el nombre de Enrico con una voz alta y musical. Él no contesta. Su cuerpo envuelve esto del cantante callerjo. "Enrico, dime lo que quieras. Canta nuestra ópera. ¡Dime algo!"

Nada sino el silencio. Beatrix abre los ojos. Luis está acostado en la cama. "Qué bien", dice Beatrix, "ha sido un placer conocerte. Pero tienes que ir. Ya te has quedado bastante tiempo". Se visten rápidamente. Toma este dinero, ¿cien dolores es bastante, no?". Luis coge el dinero y sale inmediatamente sin decir una sola palabra. A cada paso que da hacia la puerta, Beatrix le grita algo nuevo. "¡Gracias! ¡Nos vemos! ¡Llámame cuando puedas! Está muy feliz y satisfecha con lo que ha pasado, y empieza a cantar la ópera. Beatrix mira al reloj y se da cuenta de que está tarde para la actuación de esta noche. Ella camina hacia el teléfono, todavía cantando, para llamar al agente y avisarlo que estará un poco tarde esta noche. Marca un número y cierra los ojos. El teléfono suena tres veces y por fin lo cogen. "Por qué continúas llamándome Beatrix, ya te he dicho un millón de veces que todos tus contratos han sido cancelados para toda la temporada." Beatrix intenta replicar pero el agente sigue diciendo que está totalmente loca y que le deje en paz. "¡No me llames más, por favor!" El teléfono cuelga ruidosamente. Beatrix, sorprendida, empieza a llorar y sus ojos se cierran otra vez. ¡Eso no puede ser! Permanece un rato entre hipos y sollozos, presionando todavía el teléfono en su oreja. Cuando los vuelve a abrir para mirarse en el espejo de la pared, se oye una música suave al otro lado de la línea telefónica. ¡De verdad, es el aria italiana que Enrico cantó esta tarde! Beatrix vuelve a cantar su aria con la música del teléfono. Beatrix mira al retrato suyo que cuelga en la pared, extiende los brazos, y va hacia la habitación para prepararse para la audiencia que está esperándola.

Relato del Cantante Callejero corregido (Annaliese)

Lo que el destino le había negado a Luis en fortuna, lo compensaba con el regalo de una voz exquisita. El sonido de aquella voz, muy timbrada, resonaba por las calles estrechas de un pequeño barrio neoyorquino. Luis sabía que los callejones y patios le brindaban una acústica inmejorable para las canciones de ópera y los vecinos estaban de acuerdo. El dinero cayó del cielo como la lluvia… como una valiosa lluvia. Pero, después de solo unos minutos de cantar, Luis recibió algo más: una nota. Se agachó curioso para recogerla del suelo. La leyó varias veces. Estaba un poco confundido; era una nota de amor. ¡Qué extraño!, pensó Luis, y empezó a cantar otra vez con una voz más poderosa. A pesar de la locura de la nota, las palabras de amor le dieron confianza a Luis. Su canción no duró mucho tiempo porque una mujer le hizo señas desde un segundo piso, parecía invitándole a subir. Luis estaba cansado de tantas horas de cantar al sol y decidió entrar en el edificio y aceptar la invitación.

Mientras, Beatriz Rodríguez Cariño estaba arreglándose para un encuentro amoroso con el hombre de su vida. Después de maquillarse, Beatriz cogió un álbum de fotos del estante y lo abrió por la pagina de una foto de dos jóvenes enamorados sentados en una playa. No lo he visto en mucho tiempo, pensó Beatriz, pero estoy segura de reconocer la voz de mi amor.

Luis pidió permiso para entrar. “¡Un momento, Enrico!” respondió Beatriz.

¡Dichosos los ojos que vieron!, pensó Luis cuando vio a su magnífico recibimiento. La mujer llevaba un vestido entallado y pendientes clamorosos colgaban de sus orejas. Sus pechos regordetes llenaban el vestido y su estómago rechoncho realzó el brillo satinado del vestido.

“¡Hola, guapo!” Su voz grave y rasposa hacía juego con su forma corpulenta.

“¿Hola?” respondió Luis. “¿Me llamaste?”

Cogiéndole de la mano lo condujo a la cocina. “Sí, sí. ¡Ven, Enrico!”

A pesar de la locura de la situación y el nombre que le daba, Luis decidió seguir el juego. Nose sentía particularmente feliz con la mujer tan grande y vieja, pero si pudiera servirse de ella para obtener un plato de comida, lo haría.

“Come la fruta que quieras mientras que cocino tu plato favorito: Ternera con patatas,” ofreció Beatriz. “Todavía te gusta la ternera, ¿sí?”

“Ternera… sí,” gruñó Luis, tratando de parecer indiferente a la hospitalidad.

Después de unos minutos, Beatriz trajo la comida a la mesa. Él la devoró con rapidez. Ahora, tenía sed.

“¿Quizás, algo para beber?” sugirió Luis.

“¡Claro!” Beatriz corrió a la nevera y cogió una cerveza fría. Descorchó la botella y se la ofreció a Luis con una sonrisa.

¡Perfecto! Pensó Luis sorbiendo la cerveza. Un torrente de sabores llenó su boca. Cerró los ojos para saborear mejor la sensación. Sentía el cosquilleo de la espuma por todo su cuerpo hasta que oyó los gritos. Alguien estaba chillando su nombre. Y un bebé berreaba en otra sala. Abrió los ojos y vio una cocina completamente sucia. Los platos abarrotaban la mesa y el fregadero, el suelo parecía como un basural con envoltorios por todas partes, y el olor a huevos podridos flotaba en el aire. Luis pestañeó y se frotó los ojos.

¿Dónde estoy? Cerró sus ojos otra vez con esperanza de estar equivocado, pero nada cambió. Es más, oía los gritos de una mujer, “¡LUIS! LUIS! ¡LUIS!”

Luis divisó una cerveza sobre la mesa y tomó un trago. Ahhh. No hay nada como una buena cerveza.

“¿Enrico? ¿Enrico?”

Su voz grave sonó como música en sus oídos. Al abrirlos, sus ojos se toparon con los de la mujer, que le miraban fijamente.

“¿Estás bien, mi amor? Estás cansado. Tengo algo para despertarte.”

Luis examinó el apartamento. No había gritos, ni basura, ni bebés. ¡Qué alivio! Se levantó y siguió su anfitriona.

Beatriz lo cogió por la mano y lo llevó a un sofá. Ojalá que los dos podemos caber… no soy tan pequeña como era antes.

“Espero que estés cómodo aquí, mi amor. Te he esperado mucho tiempo. ¿Dónde estabas? No. Espera. No contestes. Me gusta el misterio. El amor es mucho mejor con misterio.”

Luis entendió las intenciones de la mujer. Si negara el sexo sería grosero… Supongo que debo hacer el sexo. No pudo detener la risita que se le escapó.

Beatriz vio cómo su cuerpo rechoncho se ocultaba bajo prendas de moda trasnochada y empezó a quitarle la ropa mientras Luis cerraba los ojos para tranquilizarse. Sus manos acariciaban el cabello de su amante. Al principio el masaje era perfecto, pero luego se volvió violento. Luis abrió los ojos para para pedirle que lo hiciera más suave, pero en vez de la mujer, un bebé le tiraba del pelo. Bruscamente, los gritos empezaron otra vez. “¡LUIS!”

Luis dobló la cabeza para ver una mujer… con bebé que le agarraba mechones del pelo como para arrancárselo.

“Si continúas así llamaré a la policía. ¡Siempre estás borracho!” Le amenazó, descargando una bofetada sobre su rostro desprevenido.

No. ¡No! Ésto no es real. Luis, corrió al fregadero y salpicó agua en por su cara. Cerró los ojos e imaginando el otro mundo, con una mujer cariñosa, una cena y sexo.

“¡Jajaja! No puedes imaginar afuera de esta vida, Luis. Ésta es la vida real.”

El bebé empezó a llorar. La mujer cogió una botella de leche de la nevera y la puso en el microonda y empujó los botones. El aparato empezó a ronronear. El alarma del microonda sonó y la mujer le dio la botella al bebé.


"Mira. Esté es tu bebé. ¿Por qué no lo quieres? ¿¡POR QUÉ!? Nunca te entiendo. Siempre quieres vivir en otro mundo cuando tienes una vida real aquí... AQUÍ. ¿Entiendes?"

Ella miró a Luis con ojos fijados.

"No entiendo," contestó Luis. "No tengo bebé... nunca. Nunca jamás. No sé por qué estoy aquí y no quiero cuidarte ni el bebé. Tengo una vida... mi propio vida y ¡ésta no es!"

La mujer empezó a llorar que causó el bebé a hacer lo mismo.

"¿Crees que éso es lo que quería, Luis? ¿Lo crees?" Sus gritos casi ahogaron las lloras del bebé. "¡Nunca! Nunca pensé que iba a vivir como así... pero ¡¡¡ya estamos aquí!!! No puedes continuar a pretender que su vida no es real, Luis. ¡No puedes! Sí crees que siempre puedes dejarme con todas las responsabilidades, eres tonto. No soy tonta... ¡NO SOY TONTA, LUIS!" Ella lloraba con más poder.

Luis no pudo aguantar. Tomó otro trago de cerveza con la esperanza que podía regresar al otro mundo, pero no funcionó. Volvió a refrescarse el rostro con el agua que brotaba transparente del grifo.

“¿Te gusta, Enrico? Éste es un tipo especial de aceite para los masajes.”

Luis abrió sus ojos y vio a Beatriz masajeando su cuello y sus hombros. Beatriz derramó más aceite por el cuello de Luis. El masaje no duró mucho más, porque los cuerpos acabaron uniéndose.

“¡Qué bueno eres, Enrico! Mucho mejor de lo que recuerdo.”

Luis abrió los ojos para observó cómo se vestía.

“Lo siento mucho, Enrico, debes irte. Tengo trabajo. Pero, puedes regresar esta noche, ¿sí?”

Luis se levantó y se vistió. Beatriz le arregló la corbata y le dio dinero.

“Me siento mal porque ayer e vi en la calle. Cómprate lo que necesites y regresa esta noche. ¿Vale?”

Luis cogió el dinero con rapidez y salió por la puerta.

“Gracias,” farfulló Luis y bajó por las escaleras.

“Adiós, guapo,” Beatriz lo despidió desde la ventana mientras Luis cruzaba el patio.

¡¿Cien dólares?! ¡Qué suerte¡
Luis recontaba el dinero para asegurarse de que no soñaba.


Luis encontró una tienda de licores, compró una caja de 24 cervezas y pagó con un poco del dinero de la señora.

Se fue a un banco parque. Cogió una botella y la abrió. Con el primer sorbo, cerró los ojos y empezó a oír los gritos de un bebé. Con el segundo sorbo, los sollozos de su mujer. Y con el cuarto sorbo, supo que había retornado a su propio mundo. Un mundo que no quería... Continuó a beber. y beber. y beber.

Por fin, pudo oír apenas los alaridos de una mujer, "¡Ahhhhh! ¡Alguien! ¡ Ayúdame! ¡Hay un hombre muriendo aquí! ¡Ayúdame!" y el gemir de las sirenas en la distancia.