miércoles, 27 de mayo de 2009

Exchange Place

Estaba en estado de shock. Nunca me lo dijo, pero era evidente a cualquier persona. Miguel iba vagando por su piso provisional de colores sosos, entre un bosque cada vez mas denso de botellas vacias de cerveza y vodka. Me imagino que asi eran muchos pisos de Nueva York después del crack del 29, que este es el gran riesgo de los corredores de bolsa. Pero me callo porque no hace mucho tiempo que yo le tenia envidia.
Cada miércoles, después del trabajo, los chicos del antiguo barrio nos reunimos para jugar a póquer como siempre, hablando de chicas, de jefes, todo lo normal. Hoy en dia, Miguel no tiene ni chicas ni jefe, ni dinero para apostar. Tengo que levantarle del sofa, prestarle un poco dinero, y vamos los dos en metro hacia Brooklyn.

El miércoles pasado, después de perder bastante dinero, me dijo: “¡Vamos! Vamos a mi oficina a ver el gran hijo de puta. Supongo que esta bien, pero me gustaria comprobarlo antes de que vaya a la carcel.” Nos reimos, si, si, pero ya esta pasado la medianoche, no estara. “Te llevo a casa,” le dije. Pero insistio. Los dos fuimos al numero 20 Exchange Place, su antigua oficina, y el rascacielos estaba vacia, cerrada y sin luz. Casi como una carcel sin presos. “¿Dónde estas?” grito. Y grito y grito, hasta oir las palabras resonar de los edificios y calles cercanos. Ni se noto que habia una mujer y su hija pasando al lado. La madre se puso una cara preocupada. “Señor,” le dijo en voz muy baja, “por favor, no este usted enfadado. Las cosas pasan. Mañana es otro dia. Por favor, señor. Lo siento mucho. No se preocupe.” Después de una pausa, dijo, “Mi hija le puede ayudar, le puede curar un poquito la herida. Me da un poquito para comprarle un nuevo vestido, y ella le puede ayudar. Señor, que sepa que es la primera vez que ayuda a un hombre asi, tan importante como usted. Que nosotras tambien tenemos dolores, pero mi hija, si que le puede ayudar. No se preocupe.”
Mire a la chica de trece o catorce años, con cara de piel morena y preciosa. Tenia el pelo negro poco cuidado y un vestido de segunda mano. Con ojos grandes, de color café, totalmente vacios. Ella quedaba alli callada y su cara tambien de alguna manera callada. “No, por favor,” le dije a Miguel. “Que no, hombre.” Pero no me hizo caso. Llevo a la chica. Y yo me fui a casa.

La mañana siguiente, antes de las 9, un amigo me llamo, diciendo que vio a Miguel. Estaba corriendo como un loco calle arriba en Broadway hacia su casa antigua. Llego a la puerta del edificio cuando su mujer estaba saliendo con su hija en su uniforme del colegio, muy bien arregladas las dos. Al ver su padre, corriendo, sin afeitarse, sin paraguas ni chaqueta en la lluvia y con sacos oscuros debajo de los ojos, dijo, “¿Papi?” Y el, hablando en voz demasiado alta, “Si, si, si cariño. Que tengas un buen dia.” Y la mujer, rigida, dijo, “Vamos cariño. Papi tiene que ir al trabajo.”
-Shannon Dowd

jueves, 21 de mayo de 2009

Sentido de Primavera

Ventanal.
Brisa de café
sobre la primavera.

Calles espejeantes,
tras la tormenta:
camposanto de naranjas.

Paraguas engreído miran
Palmeras empapadas
hasta los huesos.

Botellas en manos,
Gente glotón, insectos a
la luz líquida.

-Michelle Newman

martes, 19 de mayo de 2009

Micro-relato: listo o no...

“Uno…dos…tres—conté en voz alta mientras oía el ruido de pies y hojas secas—cuatro…cinco…seis…” Siempre odiaba contar en ese juego. Era más divertido esconderse. Pero tenía que contar a 30. “Dieciséis…diecisiete…dieciocho…” continué y pensé en la cena. Llevaba mucho tiempo jugando y tenía hambre. Consideré las posibilidades de comida. “Veintiocho…veintinueve…treinta.”

Al decir treinta, abrí los ojos inmediatamente y analicé el ambiente. La brisa empujaba las hojas rojas, amarillas, anaranjadas por la calle. Miré los árboles pelados para ver si había un amigo sentado en las ramas. Silencio. Sólo pude oír los gritos apenas perceptibles de los niños que estaban en la próxima calle. Salí del patio y al pensar en mis amigos y nuestro día divertido me di cuenta de que podía jugar toda la noche.

“¡Listo o no—grité en voz alta—me voy!”

El mundo físico

Lecho nupcial
medio vacío:
blanca soledad.

Tranquilidad.
Agua, sol y brisa.
Movimiento.

Árboles desnudos,
colores en el suelo.
Noviembre.

Luces titulando
bajo las estrellas.
Dos luciérnagas.

Media botella,
mensajera en el océano.
Gaviota perdida.

Micro-relato: paseo de muerte

El atardecer ya pasó. Además el parque casi estaba completamente a oscura. Alexa, una mujer hermosísima, caminaba mientras olía las flores de primavera.

La olió mientras caminaba.

De repente, ella se paró y revisó su bolso. Pensó que había sonado su móvil. Estaba nerviosa, una gota de sudor por su frente.

La miró mientras caminaba. Ahora, estaba detrás de ella.

El hombre, pálido y hambriento, extendió su brazo, cubrió su boca y besó el cuello. Ella no se resistió. Después de un rato, ella se cayó lentamente como si estuviera durmiendo.

El Conde la sabía mientras desparecía en la oscuridad.

Haikus de una mente estudiantil

Colegio, laberinto.
Jóvenes encendidos.


Las gafas
revelan la realidad.
Las mías, rotas.


Sentado,
la botella en alto.
Equivocación.


Sin música,
sin luces ni pista,
baila.

Poesía del mar

Crepúsculo.
En la felpa-arena
botones de concha.

Incrustadas de sal,
las casas suben
a la colina.

Chabola plateada
bajo la sombra del olivar
cortina en la brisa

Suenen las campanas
al tocar el disco ardiente del sol
y chisporrotea el agua azul oscura;
se levanta en niebla.

Poesía de Sevilla

Coches y caras
distorsionados
en el flujo del río.

Cuentita blanca
entre puños naranjas.
Sevilla en primavera.

Shannon Dowd

Los puentes de Sevilla

La luz arqueada
sobre el agua que fluye
lleva a la gente a su destino

Bajo el arco del puente
tiza y sudor por la pared.
Los escaladores se han ido

Tapiz de cuerpols al sol;
amantes, amigos, borrachos
arena de hierba

Andrea Veltri

haikus de Matalascañas

el sol reflejado,
el agua, una sonrisa
bailando

roca enorme,
triangulo surge del agua
montaña para pajaros

Katy M. Lapekas

haikus: la cotidiana sevillana

Fachada descuidada,
pero dentro mármoles,
espejos y plantas
hacia mi casa

sujetadores, bufandas
gente junto al asador,
caos

arco de disfraces y ruidos
montaña de gente
ojo de iglesia

arbol estirando,
niebla de polvo
paloma torpedo.

Katy M. Lapekas

jueves, 14 de mayo de 2009

La fuente (segundo borrador)

La fuente

(Tercera persona, no omnisciente)

El agua de la fuente cae como ayer y caerá mañana. Se sentó al lado de su hija. El reloj en su muñeca contó del día pasando – un día como otros, pero esta vez con su hija en la cama. Hacía muchos años que ha sido alguien en esa cama. Se alcanzó la mano a su cara blanca, limpia… pero la retiró enseguida. Optó por alisar la almohada y las mantas que coincidían con su cara blanca. Sería difícil distinguir la diferencia entre cara y cama si no fuera la luz del día pasando por las ventanas. De repente, se levantó y empezó pasearse de un lado a otro. La sombra le comió cada vez que él salió la luz de las ventanas. Los muebles eran marrones y polvorientos, como si hacía unas semanas que nadie los había tocado. La cama era cerca de una de cuatro ventanas en el cuarto y parecía que la cama se empapaba de la luz y del sonido de la calle. Él paró antes de una ventana del otro lado y miró a su fuente en el patio, con las manos metidas en los bolsillos. La hija tembló.

“¿Cómo te sientes, Albita? ¿Tienes frío?”

“No, no me siento nada, nada como frío. Tengo ganas de dormirme pero no puedo,” Alba susurró (la voz de la niña se perdía penas a unos momentos de sus labios) (apenas puede salir de su cuerpo).

“La medicina ya está empezando a hacer efecto. Intenta dormirte, te hace falta mucho para vencer la inmunodeficiencia.”

“Padre, ya sé que me muero. Esa es la razón por qué mamá me dejó aquí, ¿verdad?,” le preguntó, con los ojos escondidos. El padre tardó un ratito buscar sus ojos, pero no los encontró.

“Salió tu madre porque no podía cuidarte. Es demasiado débil, la maldita, ya estás en mejores manos.”

“No podía pagar,” ella suspiró, como si no quería decirlo pero tampoco podía reservarse las palabras.

“Ya está. Descánsate. Voy al jardín un ratito.” Le besó la mejilla húmeda y fría, como si fuera el suave cojín dentro una almeja, enterrado en las profundidades del océano.

Pasó por la escalera mármol y abrió la puerta al patio. La fuente le saludó como una brisa primavera refrescante. El agua salía a borbotones de las manos de la mujer encima del barreño, sin interrupción. Siempre cae. Descansó el padre, tumbado al lado del barreño. Si se ponía la cara en el barreño, el agua era una extensión de lluvia – una tormenta en la luz del verano. Le miró a la estatua grisa perla, con motas de cristal y concha. Cerró los ojos por un ratito, pero empezó desteñirse la fuente, hasta que no era una tormenta pero más un río, luego un arroyo y, por fin, unas gotas de agua. Se despertó sobresaltado por la falta de sonido y miró a su fuente con ojos sospechosos. Corrió a la cochera y encontró el canalón echando el agua por los cuatro vientos.

“¡Mierda, un boquete en el caño!”

Intentó de bloquearlo, apretarlo, incluso pegarlo, pero aún filtrarse un río constante del agua.

“Le llamo el técnico. Necesita venir ahora mismo, antes que inunda el agua todo la cochera.”

Salió por la casa y miró la fuente una vez más, con ojos traicionados. Le llamó el técnico de la cocina en la planta baja enseguida. Examinó la cocina con ferocidad por otra cosa fuera de lugar, extraña en el silencio inocente de la casa, pero no encontró nada. Subió la escalera, pero en lugar de verle a la chica fue a la gran ventana fuera de su cuarto. Se puso las manos en la repisa de la ventana y descansó la cabeza en el vidrio. Desde este punto, puede mirar a todo el jardín y el resto de la casa. Era una vista amplia. Podía oír las canciones felices de los pájaros, las brisas verdes jugando con los árboles amarillos y el río disminuido de la fuente, en fuerte contrasto a la nada de la casa, ni la falta de sonido dentro el dorimitorio. Suspiró y, por fin, entró en el cuarto de Alba. No podía oír la respiración de ella, era tan débil; entonces, se tumbó al su lado en la cama y su respiración calma y moderada llenó el lugar en que faltó suya.

- Michelle Newman


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La fuente
(Primera persona)

Ella no tiene ningún trocito de respecto. ¿Por qué no me dijo? Me dejó encontrar la realidad por mi mismo. No puedo créelo. Esto es insoportable.

El agua de la fuente se cae como siempre. Cuando necesito pensar, vengo aquí y descanso al lado de la fuente redonda y demasiado grande por el jardín. La permito rodearme, abrazarme, como la lluvia – lluvia que nunca para. Es un sistema auto-suficiente, sin interrupción, ni necesidades, ni alguna fluctuación. El agua, siempre es lo mismo, con la misma mujer de piedra gris en el centro y las mismas roturas en las manos, desde cae más agua. Me imagino que bajo las manos de la estatua sea una tormenta; pero si uno fuera sumergido en el agua en el barreño, creo que sería calma, como si la tormenta fuera vista y oído de una distancia. Quiero mucho sumergirme en el barreño y no pensar en nada. Pronto. Muy pronto no estará nada dejado, salvo la fuente.

¿Cómo puede mantener una cara tan limpia? Sin lagrimas ni siquiera un poco de sangre para colorar la mejilla. Coincide con la almohada, los dos son iguales. No tengo la fuerza para mirarla, mi hija que fue rechazada por su madre y dejada fuera de la casa. No tiene alma esa mujer, no tiene nada dentro sí mismo. Sólo tiene días, es lo que me dijeron; días, sólo días. Días sin fin ni comienzo. Sin sentido ni aire. Solo sus ojos me miran. Los ojos son blancos, salvo las pupilas en el centro, negros y sabios. ¿Qué puedo hacer? No puedo mirar ni quedar en casa con ella. El silencio es demasiado profundo, sólo hay el reloj en la muñeca que me cuenta el tiempo como siempre. El tiempo, como el agua, nunca para por nadie. Se ha convertido en una culebra – blanca, como todo en mi casa, y con ojos negros – que come más de mi cuerpo con cada hora que pasa. No hay nada que hacer. Soy un hombre, puedo vencer cualquiera cosa que quiero. Le mataré su madre – eso es. La mujer sabrá lo que ha permitido pasar y luego rechazado sin culpa. Soy un hombre; mi hija está fallando. ¿Qué puedo hacer? Esto es insoportable.

Hoy – ¿Cuál es la fecha? Pues, la mujer en la fuente se parece extraña. Tiene una cara casi amargada. ¡Qué raro! Estoy tumbado al lado de la fuente y miro el agua como cae de las manos. Me pongo a llorar y las lágrimas mezclan con el agua azul; lo mancha rojo. Cierro los ojos y solo puedo oír la lluvia de la fuente. Después de algún tiempo, solo puedo oírla desde una distancia. El sonido se destiñe, pero estoy seguro que la fuente aún está allí. Nunca para la fuente, tampoco la lluvia. Esto es el último sonido que recuerdo.

lunes, 20 de abril de 2009

La clase de Escritura Creativa ya tiene blog




La clase de Escritura Creativa del programa Michigan-Cornell-Pennsylvania estrena blog. En este lugar, los estudiantes de la clase pueden publicar sus obras de arte y recordar después cuánto aprendieron y mejoraron su escritura.
A partir de mañana mismo, esperamos que todos quieran participar, incluido el profesor.

Eva