Cada miércoles, después del trabajo, los chicos del antiguo barrio nos reunimos para jugar a póquer como siempre, hablando de chicas, de jefes, todo lo normal. Hoy en dia, Miguel no tiene ni chicas ni jefe, ni dinero para apostar. Tengo que levantarle del sofa, prestarle un poco dinero, y vamos los dos en metro hacia Brooklyn.
El miércoles pasado, después de perder bastante dinero, me dijo: “¡Vamos! Vamos a mi oficina a ver el gran hijo de puta. Supongo que esta bien, pero me gustaria comprobarlo antes de que vaya a la carcel.” Nos reimos, si, si, pero ya esta pasado la medianoche, no estara. “Te llevo a casa,” le dije. Pero insistio. Los dos fuimos al numero 20 Exchange Place, su antigua oficina, y el rascacielos estaba vacia, cerrada y sin luz. Casi como una carcel sin presos. “¿Dónde estas?” grito. Y grito y grito, hasta oir las palabras resonar de los edificios y calles cercanos. Ni se noto que habia una mujer y su hija pasando al lado. La madre se puso una cara preocupada. “Señor,” le dijo en voz muy baja, “por favor, no este usted enfadado. Las cosas pasan. Mañana es otro dia. Por favor, señor. Lo siento mucho. No se preocupe.” Después de una pausa, dijo, “Mi hija le puede ayudar, le puede curar un poquito la herida. Me da un poquito para comprarle un nuevo vestido, y ella le puede ayudar. Señor, que sepa que es la primera vez que ayuda a un hombre asi, tan importante como usted. Que nosotras tambien tenemos dolores, pero mi hija, si que le puede ayudar. No se preocupe.”
Mire a la chica de trece o catorce años, con cara de piel morena y preciosa. Tenia el pelo negro poco cuidado y un vestido de segunda mano. Con ojos grandes, de color café, totalmente vacios. Ella quedaba alli callada y su cara tambien de alguna manera callada. “No, por favor,” le dije a Miguel. “Que no, hombre.” Pero no me hizo caso. Llevo a la chica. Y yo me fui a casa.
La mañana siguiente, antes de las 9, un amigo me llamo, diciendo que vio a Miguel. Estaba corriendo como un loco calle arriba en Broadway hacia su casa antigua. Llego a la puerta del edificio cuando su mujer estaba saliendo con su hija en su uniforme del colegio, muy bien arregladas las dos. Al ver su padre, corriendo, sin afeitarse, sin paraguas ni chaqueta en la lluvia y con sacos oscuros debajo de los ojos, dijo, “¿Papi?” Y el, hablando en voz demasiado alta, “Si, si, si cariño. Que tengas un buen dia.” Y la mujer, rigida, dijo, “Vamos cariño. Papi tiene que ir al trabajo.”
-Shannon Dowd
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